Oración de la noche del 4 de Noviembre

«Padre Celestial,

Al final de este día, me acerco a Ti con un corazón humilde y arrepentido. En la quietud de esta noche, reflexiono sobre las horas que han pasado y reconozco que no siempre he vivido conforme a Tu voluntad. Por los momentos en que he fallado, por las palabras hirientes que pude haber dicho, por las oportunidades de hacer el bien que dejé pasar, te pido perdón, Señor.

Sé que a veces me dejo llevar por mis debilidades y me alejo de Tu camino. Pero también sé que Tu misericordia es infinita y que siempre estás dispuesto a perdonar a aquellos que se acercan a Ti con un corazón arrepentido.

Te agradezco, Padre amoroso, por el don del arrepentimiento y por la oportunidad de comenzar de nuevo cada día. Limpia mi corazón de todo rencor, de toda amargura y de todo lo que no te agrada.

Ayúdame a perdonar a aquellos que me han herido, así como Tú me perdonas a mí. Llena mi corazón con Tu paz y Tu amor, para que pueda descansar esta noche en la seguridad de Tu perdón y despertar mañana renovado y listo para vivir un nuevo día en Tu gracia.

Te lo pido en el nombre de Jesús, Tu Hijo amado, que con su sacrificio en la cruz nos mostró el camino del verdadero arrepentimiento y reconciliación.

Amén.»

Reflexión

Querida familia en Cristo,

Al cerrar nuestros ojos esta noche y reflexionar sobre el día que hemos vivido, quiero compartir con ustedes una reflexión que me ha estado acompañando en estos días. Es sobre algo que todos conocemos, pero que a veces olvidamos: el poder del perdón.

El perdón es una de esas palabras que suenan muy bonitas en teoría, pero que en la práctica pueden ser realmente difíciles. Perdonar no es fácil, especialmente cuando el dolor es profundo y las heridas aún están frescas. Pero, ¿saben? He aprendido que el perdón es uno de los regalos más hermosos que podemos darnos a nosotros mismos y a los demás.

A veces pensamos que perdonar es un signo de debilidad, pero en realidad, es todo lo contrario. Perdonar requiere una fuerza tremenda, una fuerza que no viene de nosotros, sino de Dios. Cuando perdonamos, no solo liberamos a la persona que nos ha herido, sino que nos liberamos a nosotros mismos. Nos liberamos del peso del rencor, del dolor y de la amargura que puede envenenar nuestro corazón.

Y aquí está la parte más hermosa: cuando perdonamos, reflejamos el amor de Dios en este mundo. Recordemos que Dios nos perdonó primero. A pesar de nuestras faltas y errores, Él nos extendió su misericordia y nos ofreció una nueva oportunidad. Al perdonar, nos hacemos eco de ese amor y esa misericordia divina.

Así que, queridos hermanos y hermanas, los invito a mirar en sus corazones esta noche. Si hay alguien a quien necesitan perdonar, o si necesitan pedir perdón, no dejen que el orgullo se interponga. Den ese paso valiente hacia la reconciliación y la paz.

Que el Señor nos dé la gracia de ser instrumentos de su perdón en este mundo que tanto lo necesita.

Que descansen en paz y en la seguridad del amor y el perdón de Dios.

Buenas noches y que Dios los bendiga.

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