Oración de la noche del 23 de Septiembre

Querido Dios, en la quietud de esta noche, me detengo a reflexionar sobre la magnitud de tu amor, ese amor que fue capaz de sacrificarse en la cruz por la humanidad. Las palabras de tu Hijo Jesucristo en el Evangelio de Juan resuenan en mi corazón: «Nadie tiene amor más grande que el que da la vida por sus amigos» (Juan 15:13).

Me postro ante Ti, agradecido por ese amor incondicional que has derramado sobre mí y sobre todos aquellos que amo. Gracias por amarnos a cada uno de nosotros tal como somos, con nuestras virtudes y defectos, y por ver siempre lo mejor en nosotros incluso cuando nosotros no lo vemos.

En este momento, quiero presentarte a todas las personas que amo: mi familia, mis amigos y también a aquellos que me resulta difícil amar. Te pido que les cubras con tu amor y que sane cualquier herida o resentimiento que pueda existir en mi corazón. Enséñame a amar como Tú amas, sin condiciones ni límites.

Te pido también por aquellos que en este momento se sienten solos, desamparados o que han perdido la esperanza en el amor. Que puedan sentir tu presencia y tu consuelo, reconociendo que Tu amor nunca falla y que siempre está allí para sostenernos.

Finalmente, Señor, mientras me preparo para descansar esta noche, llena mi alma de ese amor que supera todo entendimiento, para que al despertar mañana, pueda compartirlo con los demás de una manera que te agrade y te honre.

Descanso esta noche en la seguridad de tu amor, sabiendo que soy eternamente amado por Ti.

Amén.

Reflexión

Esta oración nocturna se concentra en la esencia del Evangelio: el amor divino manifestado a través de Jesucristo. Al tomar como base las palabras de Jesús en el Evangelio de Juan, donde destaca el amor como el sacrificio último, la oración nos invita a entrar en un profundo estado de reflexión y gratitud hacia Dios, que es la fuente de todo amor.

Uno de los aspectos más profundos de esta oración es cómo nos incita a extender ese amor que hemos recibido a otros. No sólo se trata de recibir amor y agradecer por él; se trata también de convertirse en un conducto a través del cual fluye el amor de Dios. Aquí se encapsula uno de los retos más grandes de los cristianos: amar incluso cuando es difícil. En pedir por aquellos «que me resulta difícil amar», encontramos una práctica humilde y contracultural que refleja la enseñanza de Cristo sobre el amor a los enemigos y a aquellos que nos persiguen.

También es relevante la inclusión de aquellos que «se sienten solos, desamparados o que han perdido la esperanza en el amor». Aquí se amplía el alcance de nuestra petición, no limitándola a nuestras redes inmediatas de familiares y amigos. Nos reta a pensar más allá de nuestro círculo cercano y a incluir en nuestras oraciones las necesidades del mundo, manifestando así la universalidad del amor de Dios.

Por último, la plegaria cierra con una nota de serena confianza en el amor de Dios. No es un amor teórico, sino un amor que imparte seguridad, que nos permite descansar con la certeza de que somos «eternamente amados» por Dios. Es un recordatorio edificante de que el amor de Dios no es algo que tengamos que ganar; ya es nuestro, libremente dado, y todo lo que tenemos que hacer es aceptarlo y permitir que transforme nuestras vidas.

Esta oración nocturna ofrece una hoja de ruta para vivir y experimentar el amor en todas sus facetas: como algo que recibimos de Dios, como algo que extendemos a otros, y como el fundamento último de nuestra seguridad y bienestar.

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