Evangelio del día – Lecturas de hoy 5 de Febrero de 2024

Primera lectura

Lectura del primer libro de los Reyes (8,1-7.9-13)

«En aquellos días, Salomón fue a Gabaón a ofrecer allí sacrificios, pues allí estaba la ermita principal. En aquel altar ofreció Salomón mil holocaustos.
En Gabaón el Señor se apareció en sueños a Salomón y le dijo: «Pídeme lo que quieras.»
Respondió Salomón: «Tú le hiciste una gran promesa a tu siervo, mi padre David, porque caminó en tu presencia con lealtad, justicia y rectitud de corazón; y le has cumplido esa gran promesa, dándole un hijo que se siente en su trono: es lo que sucede hoy. Pues bien, Señor, Dios mío, tú has hecho que tu siervo suceda a David, mi padre, en el trono, aunque yo soy un muchacho y no sé desenvolverme. Tu siervo se encuentra en medio de tu pueblo, un pueblo inmenso, incontable, innumerable. Da a tu siervo un corazón dócil para gobernar a tu pueblo, para discernir el mal del bien, pues, ¿quién sería capaz de gobernar a este pueblo tan numeroso?»
Al Señor le agradó que Salomón hubiera pedido aquello, y Dios le dijo: «Por haber pedido esto y no haber pedido para ti vida larga ni riquezas ni la vida de tus enemigos, sino que pediste discernimiento para escuchar y gobernar, te cumplo tu petición: te doy un corazón sabio e inteligente, como no lo ha habido antes ni lo habrá después de ti. Y te daré también lo que no has pedido: riquezas y fama, mayores que las de rey alguno.»»

Palabra de Dios


Salmo responsorial

Salmo 131, 6-7. 8-10

R/. Levántate, Señor, ven a tu mansión

Oímos que estaba en Éfrata,
la encontramos en el Soto de Jaar:
entremos en su morada,
postrémonos ante el estrado de sus pies. R/.

Levántate, Señor, ven a tu mansión,
ven con el arca de tu poder:
que tus sacerdotes se vistan de gala,
que tus fieles vitoreen.
Por amor a tu siervo David,
no niegues audiencia a tu Ungido. R/.


Evangelio

Lectura del santo evangelio según San Marcos (6,53-56)

«En aquel tiempo, cuando Jesús y sus discípulos terminaron la travesía, tocaron tierra en Genesaret, y atracaron. Apenas desembarcados, algunos lo reconocieron, y se pusieron a recorrer toda la comarca; cuando se enteraba la gente dónde estaba Jesús, le llevaba los enfermos en camillas. En la aldea o pueblo o caserío donde llegaba, colocaban a los enfermos en la plaza, y le rogaban que les dejase tocar al menos el borde de su manto; y los que lo tocaban se ponían sanos.»

Palabra del Señor

Reflexión del evangelio y las lecturas de hoy

Hoy, queridos amigos, nos reunimos aquí, no solo en cuerpo sino en espíritu, para compartir un momento muy especial. Un momento que nos conecta, a través de las palabras sagradas, con algo mucho más grande que nosotros. Hoy, las lecturas y el Evangelio nos hablan al corazón, y quiero que lo sintamos juntos, como una familia, como una comunidad.

Imaginémonos por un momento en Jerusalén, con Salomón, ese gran rey que convocó a todos para trasladar el Arca de la Alianza. ¿Pueden sentir la solemnidad de ese momento? Miles de personas, unidas por una fe común, presenciando cómo el símbolo más sagrado de su relación con Dios es llevado a su nuevo hogar. Y entonces, la nube del Señor llenando el templo… ¿Se lo imaginan? La presencia de Dios, tan palpable, tan real, que ni siquiera los sacerdotes podían permanecer allí. «El Señor quiere habitar en las tinieblas», dijo Salomón. Pero, ¿no es curioso? A menudo, nosotros también buscamos a Dios en nuestras propias tinieblas, en nuestros momentos de duda y desesperación. Y ahí está Él, siempre dispuesto a llenar nuestros templos internos con su gloria.

Y luego, el salmo nos invita a abrir nuestras puertas, a dejar que el Señor entre en nuestra mansión, en nuestro ser más íntimo. ¿No es hermoso pensar en nosotros mismos como una morada para Dios? Pero, ¿cómo lo hacemos? ¿Cómo preparamos nuestro corazón para ser su hogar?

Pasemos al Evangelio, donde Jesús y sus discípulos llegan a Genesaret. La gente lo reconoce, corre la voz, y todos quieren estar cerca de Él, tocar aunque sea el borde de su manto. Imaginen esa escena: la esperanza en los ojos de la gente, la fe en sus corazones, creyendo que un simple toque podría cambiarlo todo. Y lo hizo. «Y los que lo tocaban se ponían sanos». Jesús no necesitaba grandes templos ni ceremonias elaboradas; su presencia era suficiente. Su amor, su compasión, su disposición a estar cerca de los que sufrían.

¿No es eso lo que todos buscamos? Ese toque de gracia, esa certeza de que no estamos solos, de que hay alguien que nos conoce, nos ama y quiere sanarnos. Pero, a veces, nos perdemos en la rutina, en las preocupaciones diarias, y olvidamos mirar a nuestro alrededor, olvidamos abrir nuestros corazones a esa presencia sanadora.

Hoy, las lecturas nos invitan a reflexionar sobre nuestra relación con Dios. ¿Es nuestro corazón una morada para Él? ¿Buscamos su presencia en nuestra vida diaria? ¿Nos acercamos a Él con la misma fe y esperanza que la gente de Genesaret?

Quiero que pensemos en esto, no como una tarea o un deber, sino como una oportunidad. Una oportunidad para sentirnos verdaderamente vivos, para reconectar con esa fuente de amor y esperanza que nunca se agota.

Así que, mientras continuamos con nuestra jornada, llevemos estas palabras en nuestro corazón. Abramos nuestras puertas a Dios, busquemos su presencia en los momentos ordinarios y extraordinarios de nuestra vida. Y recordemos, siempre, que estamos llamados a ser, cada uno de nosotros, un templo vivo, un lugar donde la presencia de Dios pueda habitar y llenar todo con su luz.

Que estas palabras sean semillas que germinen en nosotros, creciendo en amor, fe y esperanza.

Amén.

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